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Sofía y la fiebre que pedía atención.

  • Foto del escritor: Amelia Zarauza
    Amelia Zarauza
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura




Sofía siempre llega a la consulta saltando.


Trae dibujos doblados en la mochila, con corazones, estrellitas y sellitos brillantes que pone en cada esquina.


A veces me los regala, otras veces los guarda como tesoros.


Tiene rulos que se le escapan del rodete y una risa que llena la sala.

 

Ese día, en cambio, Sofía llegó distinta.

 

Caminaba despacito, se aferraba fuerte a la mano de su mamá y tenía los cachetes muy colorados.


No quería hablar mucho. No pidió los recetarios para dibujar. No sacó los lápices de la mochila.


Se sentó en la camilla y apoyó la cabeza en el hombro de su mamá, como si estuviera cansada de ser Sofía por un rato.

 

—Tiene fiebre desde anoche —me dijo su mamá—. Y está así, decaída, llorosa, no quiere jugar.

 

Sofía levantó apenas los ojos y me miró.

 

—Me duele un poquito la cabeza —susurró—. Y quiero irme a casa.

 

La toqué con cuidado: estaba calentita. No ardía, no temblaba, no estaba rígida ni confundida. Estaba… enferma. Su cuerpo estaba trabajando.

 

Entonces les expliqué algo que repito muchas veces, pero que nunca deja de ser importante:

 

—La fiebre no es la enfermedad —les dije—. Es una señal de alarma y, al mismo tiempo, parte del proceso inflamatorio que el cuerpo enciende cuando algo no está bien, como una infección, muchas veces causada por un virus o una bacteria.

 

Es como una fogatita interna que se prende para ayudar a defenderse, y como una lucecita roja que se enciende para avisar que algo necesita atención.

 

Sofía frunció la nariz.

 

—¿Una fogatita con luz roja?

 

—Sí —le respondí—. Una fogatita que ayuda a los soldaditos del cuerpo a trabajar mejor, y una luz roja que nos dice: “frenemos, miremos, cuidemos”.

 

Su mamá me miró con un poco de alivio.

 

—O sea que la fiebre no es mala…

 

—No es mala en sí misma —le expliqué—, pero tampoco es algo para ignorar. La observamos, la acompañamos y muchas veces la bajamos para que Sofía esté más cómoda, pueda descansar mejor y pueda tomar líquidos.

 

Le conté que no siempre hace falta bajar la fiebre solo porque el número sube, sino cuando el niño está muy molesto, decaído, no toma líquidos, no descansa, o cuando la fiebre es alta y sostenida. Que lo importante no es solo el termómetro, sino cómo está el niño y cómo evoluciona.

 

Revisamos a Sofía completa: garganta, oídos, respiración, panza. Todo apuntaba a una infección viral, de esas que el cuerpo suele resolver solo con tiempo, descanso, líquidos y acompañamiento.

 

—Entonces, Sofía —le dije—, hoy tu trabajo es descansar, tomar agua, dejar que la fogatita haga su trabajo… y avisar si algo se siente raro.

 

—¿Como qué? —preguntó ella.

 

—Como si te doliera mucho la cabeza y no se te pasa, si te costara despertar, si te doliera el cuello, si vomitaras mucho, si te faltara el aire, si te salieran manchas raras en la piel o si te sintieras peor en vez de mejor.

 

Sofía asintió, muy seria.

 

—Voy a avisar.

 

Cuando se fueron, Sofía no sonrió, pero me miró distinto.


Como si entendiera que su cuerpo no estaba fallando, sino trabajando.

 

 

Para las familias

 

La fiebre en la infancia es una de las causas más frecuentes de consulta y también una de las que más angustia genera. Es comprensible: ver a un hijo decaído, triste o sintiendose mal, moviliza.

 

Recordá:

 

La fiebre no es una enfermedad: es una señal de alarma y parte de la respuesta inflamatoria del sistema inmunológico. Indica que algo está pasando en el cuerpo y merece atención.

 

Según las recomendaciones actuales, no todo aumento de temperatura requiere medicación inmediata, pero sí observación cuidadosa.

 

Se trata la fiebre cuando genera mucho malestar, interfiere con el descanso o la hidratación, o cuando es alta y sostenida. El objetivo siempre es el confort del niño.

 

Lo más importante no es el número del termómetro, sino el estado general del niño y su evolución.

 

Y siempre, siempre, consultá si aparece algún signo de alarma o si algo no te cierra. La intuición de una madre o un padre también es una forma de cuidado.

 

El cuerpo sabe defenderse. A veces solo necesita que lo acompañemos con calma y atención.


 

 Gracias por leerme. Nos vemos en el próximo cuento.


Dra. Amelia Zarauza

Médica Pediatra · Especialista en Alergia e Inmunología






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